viernes, 25 de marzo de 2011

Los límites del control

A mi me gusta imaginar mundos lejanos, desastres que acaben con el planeta, enormes naves que nos muestren nuevas civilizaciones, viajes al pasado y al futuro.

En la infancia, gastaba mi tiempo libre en buscarle respuestas a intrigantes interrogantes sobre la vida. Era un niño muy solitario, rodeado de libros.
Mi mente era muy productiva en ese entonces, diseñaba curiosas trampas y calculaba el momento exacto para hacerlas funcionar. A esa edad no se puede distinguir el bien del mal. Tampoco se mide con facilidad la magnitud de las consecuencias que provocan nuestras acciones, por mas inocentes que parezcan.

En incontables ocasiones me metí en problemas con mis padres. Con mis tíos aun más.

Había muchos días aciagos en la vida de mis primos.

Puedo hablar de mil cosas, pero mi idea principal es una.
Cuando crecí un poco mas, me dí cuenta que las cosas que hacía, por muy buenas que a mi me parecieran, siempre resultaban un desastre. Rayar las paredes de la casa de la abuela, por decir algo. Pero es que a mi no me parecía tan mala idea divertirse haciendo algo que estaba muy prohibido.

Siempre terminaba haciendo eso que no se debía hacer.

Y ya no podía entrar a casa de la abuela, tampoco a la de mi padrino, ni con mis primas Lynda y Linda.

Entendí con castigos muy rudos (jeje) que hacía muchas tonterías, y que debería cambiar el rumbo de mi vida (les era bien difícil entender a un infante).

Cuando mi mente decidió dejarlo pasar yo me volví muy serio, muy estudioso, muy raro.

Me obsesionaba pensando que en una realidad paralela yo era feliz y podía hacer lo que yo quisiera.


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